Cuento: El espejo de los dragones
En el corazón del Bosque de Bruma, oculto entre nieblas encantadas y árboles que susurraban secretos antiguos, vivía una joven dragona llamada Lira. A diferencia de los otros dragones de escamas relucientes y fuego dorado, Lira tenía un tono grisáceo, y su fuego salía en pequeñas chispas de color azul. Aunque era amable, curiosa y siempre dispuesta a ayudar, nunca se sentía suficiente.
Cada vez que volaba entre los cielos y veía su reflejo en los lagos, suspiraba.
—¿Por qué no soy tan brillante como los demás? —se preguntaba—. ¿Por qué mi fuego no ilumina el cielo?
Un día, mientras exploraba una caverna escondida bajo las Montañas del Eco, Lira encontró un espejo antiguo, cubierto de polvo de estrellas. Tallado en piedra lunar, en su marco había una inscripción:
"Aquí verás lo que verdaderamente eres, no lo que crees ser."
Con miedo y esperanza, Lira se miró. Pero en lugar de su reflejo físico, vio momentos: cuando ayudó a un unicornio herido, cuando compartió su comida con un búho hambriento, cuando defendió a un árbol sabio de una tormenta de sombras. El espejo no mostraba belleza externa, sino la luz interior que brotaba de su bondad, valentía y compasión.
Lira sintió calor en su pecho, no de fuego, sino de algo más profundo: aceptación.
—Tal vez no soy como los demás, pero eso no significa que valga menos.
Desde aquel día, Lira voló con la cabeza en alto. Su fuego azul, antes motivo de vergüenza, se convirtió en símbolo de esperanza para quienes se sentían diferentes. Y el espejo, al notar que había cumplido su propósito, se desvaneció en una nube de luz.
Porque cuando uno se ve con los ojos del alma, no necesita espejos para saber quién es.
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