El Bosque de los Colores Perdidos

El Bosque de los Colores Perdidos

Había una vez, en un lugar muy, muy lejano, un bosque lleno de árboles altos, flores mágicas y animalitos parlanchines. A ese bosque le llamaban El Bosque de los Colores Perdidos, porque hacía mucho tiempo, todos los colores habían desaparecido y todo estaba pintado de gris.

Pero en medio de este bosque vivía una niña curiosa llamada Lila. Lila tenía el pelo tan dorado como el sol y unos ojitos que brillaban como las estrellas. A ella le encantaba cantar y bailar, pero siempre se preguntaba: “¿Por qué no hay colores en este bosque?”

Un día, mientras paseaba, Lila encontró una pequeña hada llorando sobre una hoja. Era tan diminuta como un dedal y sus alitas transparentes temblaban de tristeza.

—¿Por qué lloras, pequeña hada? —preguntó Lila con ternura.

—¡Oh, niña amable! —dijo el hada—. Me llamo Luzia. El malvado brujo Grisón robó todos los colores del bosque y ahora vivimos en un mundo triste y apagado.

Lila miró a su alrededor y decidió ayudar. —¡No te preocupes, Luzia! Juntos encontraremos la manera de traer de vuelta los colores.

El hada Luzia sonrió y sacó de su bolsita un mapa antiguo que marcaba un camino secreto. —Este es el mapa de los Colores Perdidos —dijo—. Debemos encontrar los tres Cristales del Arcoíris: el rojo de la valentía, el azul de la alegría y el verde de la esperanza.

Lila y Luzia empezaron su viaje. Primero, llegaron al Lago Susurrante, donde nadaban peces que cantaban suaves canciones. Allí encontraron al pez Arcoíris, quien les dijo:

—Para conseguir el Cristal Rojo, debes demostrar tu valentía.

De pronto, una enorme rana saltó frente a ellos, bloqueando el camino. ¡Croac! ¡Croac! gritó la rana.

Lila respiró hondo, se armó de valor y, con una voz dulce, dijo:

—Señora rana, por favor, permítanos pasar. Queremos devolverle la alegría al bosque.

La rana, al ver el coraje de Lila, se hizo a un lado. En el fondo del lago, apareció el Cristal Rojo, brillando como un pequeño sol.

—¡Lo lograste, Lila! —dijo Luzia, feliz.

Siguieron su viaje y llegaron a la Montaña de las Nubes, donde el cielo cantaba dulces melodías. Allí vivía el Viento Alegre.

—Para conseguir el Cristal Azul —dijo el Viento—, deben reír y bailar como nunca antes.

Lila y Luzia comenzaron a bailar y reír tan fuerte que las nubes se hicieron de algodón de azúcar. El Viento Alegre rió con ellas y, entre las nubes, apareció el Cristal Azul, tan brillante como el cielo.

—¡Qué bien bailas, Lila! —dijo Luzia.

Por último, llegaron al Bosque Susurrante, donde los árboles contaban historias. Allí vivía un sabio búho llamado Brillo.

—El Cristal Verde está en lo alto de este árbol —dijo Brillo—. Pero solo quien tenga esperanza en su corazón podrá encontrarlo.

Lila miró hacia arriba, con esperanza y alegría en sus ojos. Subió y subió, hasta llegar a una rama muy alta. Allí, entre las hojas, encontró el Cristal Verde, tan hermoso como la primavera.

Con los tres cristales en sus manos, Lila y Luzia regresaron al claro del bosque. El hada Luzia juntó los cristales y dijo unas palabras mágicas:

—¡Colores del bosque, vuelvan ya!

Un arcoíris gigante iluminó el cielo. Los árboles volvieron a ser verdes, las flores se pintaron de mil colores, y hasta los animales cantaron de alegría.

—¡Gracias, Lila! —dijo Luzia, abrazándola—. Gracias a ti, el bosque volvió a brillar.

Desde ese día, el Bosque de los Colores Perdidos se llamó El Bosque de los Colores Encontrados. Y cada vez que alguien reía o cantaba, los colores se hacían aún más brillantes.

Y así, Lila y Luzia siguieron siendo amigas para siempre, recordando que la valentía, la alegría y la esperanza pueden llenar el mundo de colores.

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